Esta es mi respuesta para la semana 14 de #SPA25CalFall25 sobre #LaCasaDeBernardaAlba. Al contemplar el exterior de la casa en Valderrubio, la casa real que conecta con el mundo de García Lorca, lo primero que llama la atención es su austera simplicidad: paredes encaladas, una sólida puerta de madera, ventanas diminutas y gruesas rejas de hierro. Esta fachada simple y cerrada me recuerda inmediatamente al interior opresivo que Lorca construye en el primer acto de La casa de Bernarda Alba. Dentro de la casa de la obra, Lorca describe una habitación blanquísima, con paredes gruesas y un silencio pesado y sofocante. La blancura brillante no es cálida; en cambio, se convierte en símbolo de estricto control, limpieza y esterilidad emocional. Ver el exterior real —también blanco, rígido y sin decoración— hace que la atmósfera interior parezca aún más realista. El exterior parece casi purificado y controlado, al igual que la obsesión de Bernarda por un orden impecable en el interior (“Si Bernarda no ve relucientes las cosas…”). Las pequeñas ventanas enrejadas del exterior son uno de los vínculos más fuertes con la obra. En el primer acto, Bernarda insiste en sellar la casa durante el período de duelo (“En ocho años… no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”), convirtiéndola en una especie de prisión para sus hijas. Las ventanas de la foto, estrechas y protegidas por rejas de hierro, evocan visualmente esa misma idea de encierro, vigilancia y contacto limitado con el mundo exterior. Casi parecen representaciones físicas del estricto control social de Bernarda. Incluso la estructura baja y compacta de la casa crea la impresión de estar contenida, orientada hacia el interior y ligeramente aislada de la plaza que la rodea. Esto se conecta con los gruesos muros interiores descritos en el primer acto y con la forma en que los personajes están constantemente confinados, no solo física, sino también social y emocionalmente. La casa parece robusta y silenciosa, como el gran silencio umbroso que abre la obra. Finalmente, la sencillez de la fachada —sin ornamentación, sin color, sin espacio abierto— refleja la atmósfera rígida, tradicional y sofocante que gobierna la vida de las hijas. Lo que desde fuera parece simple y tradicional se convierte, en el drama de Lorca, en un símbolo de represión y una advertencia sobre el precio de mantener la decencia a toda costa. De este modo, el exterior real de la casa Valderrubio profundiza mi comprensión del interior descrito en el Acto I: ambos espacios se sienten controlados, encerrados y moldeados por fuerzas que confinan a las mujeres que viven en su interior.
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