SECRETOS DE LA LUZ Eraqus se había despertado con un grave problema bajo su pijama y estaba atrapado por el abrazo de su amiga, a la que había decidido invitar a dormir noches atrás para que no se sintiera sola tras saber que se había enamorado de su amigo de la infancia, Xehanort. Sabe que él es un poco... Especial, por decirlo de alguna manera suave. El de piel morena iba siempre a su bola y nunca se sabía qué estaba en su cabeza, por no hablar de su temperamento. La chica tenía miedo de confesar sus sentimientos y ser rechazada, además de romper años de amistad. El joven de cabellos de ébano lo adivinó y se lo sonsacó para después sentirse culpable, así que ya habían pasado noches durmiendo juntos sin que pasara nada entre ellos. Lo único que hacían era hablar de chismes, jugar al ajedrez, aunque siempre ganaba él y ella se picaba entre risas, y él tocaba su guitarra acústica para hacer que la joven cantara con él. Era un momento armónico, mágico. Ambas voces sonaban muy bien juntas y el sonido de las cuerdas lo hacía aún más bonito. Él adoraba su voz y no podía evitar sentir mariposas en el estómago cuando la contemplaba cantar sola. De hecho, en ese momento entre sus brazos se preguntaba cómo sonaría su voz mientras... No, no podía hacer eso. No podía... No... Era difícil pensar con claridad cuando la sangre se concentraba en una zona mucho más abajo del cerebro y tenía el rostro femenino tan cerca, pudiendo sentir su respiración en su piel, caliente... La mano de Eraqus casi se movió sola para acariciar su mejilla, despertándola sin querer. La pelirroja abrió los ojos lentamente y se encontró con el hermoso rostro de su amigo mirándola, sus ojos azules observándola con detenimiento, sus mejillas enrojecidas como si tuviera fiebre y sus labios partidos con anhelo, el deseo de encontrarse con los que tenían en frente. Ana tampoco podía negar que se sintiera atraída por él, era muy guapo y su personalidad de hacerse el inocente sin serlo en absoluto junto a su inteligencia la tenían cautivada, pero también tenía miedo de romper esa amistad, ese vínculo entre los dos si le confesaba que sentía algo por los dos. Seguro que pensaba que era una... Algo que Disney no podía nombrar en sus obras para todos los públicos. —Eraqus... Ese susurro fue como un canto de sirena que no pudo ignorar y acabó besándola. Fue un beso ardiente y hambriento en el que ambos cerraron sus ojos y se dejaron llevar, dejando que sus lenguas se entrelazaran, que sus manos acariciasen cada centímetro del cuerpo ajeno aún por encima de sus prendas y el joven aspirante a maestro de la luz acabó colocándose sobre ella, acomodándose entre sus piernas. Ella dormía con un camisón que parecía un vestido corto, solo tenía que apartar un par de telas y dejar que todo siga su curso. —No deberíamos... Eraqus, esto está mal... —Eso dices, pero bien que me has enrollado la cintura con las piernas... Y no solo eso, estaba más que preparada para recibirlo si él quisiera entrar. Vaya si quería... Está vez, sus labios fueron directos al cuello femenino, haciendo que no pudiera pensar con claridad mientras se deshacía de los pequeños obstáculos y dejaba que sus deseos se cumplieran. —Eraqus... Ahh... Él quería hacerlo despacio y dejar que ella se adapte a él, pero nada de esto era paciente. Su cuerpo se movía de manera errática, entrando y saliendo como si el mundo entero dependiera de ello. No ayudaban los gemidos de la chica que no indicaban dolor alguno. Al contrario, tampoco le pedía que se detuviera. Ninguno de los dos cayó en la cuenta de los riesgos a los que se estaban exponiendo al no usar protección. Los besos del maestro en ciernes fueron bajando hasta el pecho, no iba a quedarse sin destapar al menos uno de sus pechos y devorarlo mientras continuaba embistiendo como una bestia. Sus gemidos hacían vibrar la piel suave del seno que masajeaba tanto con la mano como con su boca. La pelirroja se aferraba con fuerza al pijama del chico, la habitación estaba llena de sonidos lascivos y estaban ambos cerca de culminar. Ella fue la primera. —¡Maestro Eraqus! Que lo llamara de esa manera lo vigorizó aún más, ofreciendo un clímax intenso para ambos. A ella le temblaban las piernas y había mojado un poco las sábanas mientras él seguía hasta alcanzar su final, saliendo y continuando con su propia mano hasta soltar su esencia sobre el vientre ajeno. —¡Ana! ¡Aah! Dejó caer su peso sobre ella, rodeándola con los brazos exhausto, sin dejar de mirarla a los ojos. La fémina también lo abrazó sin apartarle la mirada como si ambos aún siguieran en el trance que les había llevado a cometer tal acto. Sellaron el momento con un nuevo beso, solo que está vez era más calmado y pausado, se sentía con más cariño y amor. Eraqus se dejó caer al lado en el que dormía siempre. Ambos aún jadeaban mientras se colocaban la ropa como si pretendiera que aquello no acabara de pasar, pero pasó y no estaban descontentos con el resultado. La ternura en sus miradas y las pequeñas sonrisas tímidas los delataban. —Así que... Ahora soy tu "maestro", ¿eh? —No tardó mucho en volver a su actitud socarrona. —No estaba pensando lo que decía... —Su cara se había puesto tan roja como la manzana que mordió Blancanieves. —No te preocupes, mi pequeña aprendiz, me gusta esta dinámica. —Apartó un mechón de su cara antes de plantarle un dulce beso en la frente. —Tu maestro cuidará de ti... Y te castigará cuando sea necesario~. —¿Q-qué? ¿Qué quieres decir con eso? —Oho~... Lo sabes perfectamente. —Guiñó un ojo, riendo al ver cómo la chica volvía a enrojecerse.
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