Una de las ideas que más me llamó la atención de lo que comenta Martín Acosta es la importancia central del actor dentro del teatro. Coincido completamente en que, aunque una obra pueda tener una historia extraordinaria, sin actores capaces de transmitirla, el impacto se pierde. El actor se convierte en el vínculo inmediato entre el texto y el público; es el “vaso comunicante” que permite que las emociones, los conflictos, y las tensiones del drama lleguen de manera directa y humana. Lo que más me gusta de esta idea es la forma en que resalta la presencia viva del actor. En el teatro, a diferencia del cine, el espectador observa reacciones reales en tiempo real: respiraciones, miradas, temblores, silencios cargados. Esa cercanía crea una experiencia única que no puede reproducirse en pantalla. En el cine hay una distancia que suaviza o estiliza la emoción; en cambio, en el teatro la emoción ocurre justo frente a nosotros, sin posibilidad de repetir la toma. Esa fragilidad y esa inmediatez hacen que el teatro sea irrepetible. Por eso también creo que el teatro sí puede considerarse un vehículo cultural prioritario. No solo transmite historias, sino que invita a la comunidad a reunirse en un mismo espacio y vivir una experiencia compartida. En un mundo cada vez más mediado por pantallas, el teatro conserva un valor cultural especial. Nos recuerda que el arte también es cuerpo, presencia, y encuentro.
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