Algo que me llamó profundamente la atención al observar la fachada de la casa de Valderrubio es cómo el espacio físico parece dialogar directamente con la atmósfera opresiva de la obra. Las rejas en las ventanas evocan de inmediato esa sensación de encierro. No solo funcionan como un elemento arquitectónico, sino como un símbolo casi literal del aislamiento emocional y social que Bernarda impone sobre las mujeres de su casa. También me impresiona el color blanco del exterior. En el texto, Bernarda insiste en la pureza, en la apariencia impecable, y en el orden absoluto. La blancura de la fachada parece representar esa obsesión por “lo correcto”, por mantener las apariencias aunque internamente la casa esté cargada de tensiones, deseos prohibidos, y silencios que pesan. Hay una ironía poderosa en ese blanco: un color que suele asociarse con la paz, pero que en este contexto se convierte en una máscara de rigidez y control.
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