El invierno era sin lugar a dudas la mejor estación para Yelisei. Con la luz del Sol reducida, tenía más horas para poder ser otro niño más que corre, juega y, lo mejor de todo, que no está solo. La llegada de la noche a media tarde le permitía compartir al menos las últimas horas del día con sus amigos, aunque la mayoría de estos no bajara de los 30 años. Aprovechando que la finca estaba helada, podía salir a patinar y recorrer ese enorme terreno familiar en menos de una hora, ser tan veloz que casi sentía que estaba volando. También podía danzar sobre el hielo sin dificultad, y aquello sí le otorgaba una sensación de ser etéreo; tenía un talento innato para desplazarse sobre este elemento, ninguno de losadultos lo ponía en duda. Por último, había algo casi igual de especial, no mejor pero sí más divertido. —¡¡¡GOL!!! —vociferó el niño. Se trataba del hockey. —Qué deporte más bruto y vulgar... Su abuela no era partidaria de que jugara a tales cosas, ¿y si le pasaba algo en su carita? Su niño era demasiado guapo para acabar con la anriz rota o algo peor. Aquella tarde eran tres los jugadores: Kurt y Yelisei que combatían entre sí y Farid, quien ejercía de portero para ambos. La abuela y su tío Radimir, helados, decidieron volver al interior de la casa con Mayu, demasiado lista para haber salido en un primer momento. —¡Sí! ¡Golazo! —el niño empezó a patinar grácilmente, celebrando su aplastante victoria con un triple axel. —Has mejorado mucho, chico —Kurt se quitó su casco, sonriente siguió los pasos del preadolescente—, y yo me estoy haciendo demasiado viejo para esto... ¿Una copa, Farid? El egipcio no respondió, no le quedaba aire para ello, aunque asintió y se quitó toda la armadura al momento. Tras él iba Kurt. —¡No! ¡Venga! —Yelisei patinó interponiéndose entre el rubio y el final del hielo—. Venga, Kurt, una más. Porfaaa... —¡Pero si ya ni tenemos portero! —rió el mayor. —¡Pues sin portero! Venga, tío, solos tú y yo. Un uno contra uno. Al adulto se le escapó una carcajada con los falsos puñetazos al aire que empezó a dirigir contra él el crío, cuánta energía tiene... Por muy tentador que era quedarse un rato a solas con el chaval, más tentador era ahogarse en un coñac. —¿Por qué no vas a practicar patinaje artístico un rato? Y quítate esto, fantasma. Quitó la máscara de la cara del menor, descubriendo así su blanco rostro de enormes ojos verdes, enmarcados por largas pestañas que parecían puestas ahí una a una. Acarició su mejilla, pasando el pulgar la comisura de su sonrisa. Cada día se parecía más a su madre. Kurt permaneció en silencio mientras contemplaba esa cara con orgullo y fascinación, esto duró unos segundos y al terminar le revolvió el pelo. —Mañana en cuanto se ponga el Sol me tendrás aquí, te lo prometo. A Yelisei le bastaba con eso por el momento. Se sentó en la nievo y se quitó la incordiante armadura de hockey para quedarse con su jersey y pantalones de pana, eso sí, se envolvió bien en la bufanda de lana roja. De no hacerlo su abuela le mataría, lo cual es absurdo porque la señora sabe bien que no puede enfermar, pero imagina que es lo natural en una abuela. Patinó sin rumbo y se alejó de la mansión. Giros, saltos y piruetas hacían de su paseo una rutina que a cualquier otro le daría una medalla de oro; contemplaba el cielo con ojos curiosos, contaba las estrellas y perdía la cuenta antes de que la cifra creciera mucho, ¿qué más da? Seguían siendo igual de hermosas. A veces oía animales, o veía aves nocturnas buscando alimento desde las alturas. —Sí... Es aquí... Frenó en seco. —No te creo, tío. —¡Que sí! ¡Aquí vive una vieja millonatis y que...! Debió llegar al final de la finca, eso estaba muy lejos de la mansión, tanto que ni se podía ver el tejado del edificio apenas. A su abuela no le gustaba que se acercara tanto a la verja por si algún cotilla husmeaba por los alrededores y le veía, como pasa ahora, no obstante, sabe que la abuela se refería a periodistas o similares, y estos no eran más que unos chavales un par de años mayores que él, quizás 14 o 16 años. —¡Tíos, mirad! Uno de ellos le vio, era difícil no hacerlo cuando iba de rojo en la nieve, incluso aunque hubiera anochecido. Yelisei, curioso, patinó hasta donde pudo y continuó caminando sobre la nieve para llegar junto a ellos. Iban mucho más abrigados que él, parecían bolas de michelines con esos abrigos de plumas. —Coño... Es una niña. —No sabía que había niñas aquí, ¡mirad qué ojos! Se miraron entre ellos y rieron, la rara condición de Yelisei les resultaba graciosa. ¿Ojos brillantes? Una comedia. —Niña, ven. Ven, vamos. ¿Niña? Bueno, claro, a veces se le olvidaba que no todos ven en la oscuridad tan bien como él. Sin mediar palabra se aproximó hasta que sus manos envolvieron los barrotes; el que parecía el líder de ese tío siguió insistiendo en que se acercara con una mano, ¿es que nunca era lo bastante cerca? El más joven obedeció con gran interés en lo que le pudiera decir, pese a que esto no sería con palabras. La mano del mayor le agarró con fuerza de la bufanda y le atrajo asta golpearle con los barrotes, eso le dolió, pero lo peor vino cuando sintió la babosa boca del adolescente por su cara y su lengua intentando colarse entre sus labios, los otros niños hacían ruidos de babuino por detrás, animando a su lider y ensordeciendo al pobre Yelisei. —Seguro que nunca te había besado un hombre de verdad. —Jo, jo... Muy buena, Sergey. Aflojó el agarre pero no liberó la bufanda del niño. Nunca había experimentado tanto asco hacia otro ser humano, le repugnaba sentir su boca babeada por ese primate maloliente. Al ver que el chico volvía a perstarle atención le escupió a la cara, otra oleada de risas de mandril le hicieron los coros. El tal Sergey no parecía muy contento porque volvió a tirar de la bufanda para golpar la cabeza de Yelisei contra el metal. —Escúchame bien, zorra de mierda... —¡Que no soy mujer, mamarracho! El silencio envolvió la noche... Hasta que los chimpances volvieron a reír, para ellos todo eso era la caña, uno lloraba de la risa por la nieve. —¡Has besado a un tío! ¡Qué marica! —¿¡A quién llamas marica, retrasado!? —Sergey se giró hacia Yelisei y le dio un puñetazo en toda la nariz, provocándole el sangrado—. ¡Y tú, nenaza, estás muerto! —¡Sergey! ¡Viene alguien, corre! La luz de una linterna tras Yelisei se acercaba, junto a ella la voz de un hombre que le llamaba. Los adolescentes empezaron a correr dejando a su líder atrás, éste seguía demasiado furioso para dejarse humillar así, por lo que le robó la bufanda. Aunque ocurrió muy rápido no fue fácil, la estrechó tanto alrededor del cuello del niño que le creó una quemadura de la fricción. —¡EH! ¡Me cago en...! —Kurt llegó con la linterna hasta la verja, no obstante el adolescente ya había desaparecido entre los árboles—. Yelisei, ¿estás bien? Madre mía... ¿Qué te han hecho? Le limpiaba la sangre de la nariz con su propia manga y hablaba intentando calmarlo, sin embargo, el menor no le escuchaba, ni siquiera le veía, sus ojos estaban puestos en la oscura arboleda frente a él, llenos de odio. Puede que Kurt no, pero él aún podía verles correr. Un chirrido molesto sorprende a Kurt, al alzar la vista vio como las flechas de la verja se habían abollado en dirección del los fugitivos. Su abuela entró en cólera, todos los adultos comenzaron a diacutir. Yelisei permanecía serio, impasible. Cuando los mayores se fueron a dormir un rato más tarde, a él también le acostaron aún sabiendo que no dormiría. Su rostro permanecía igual, escondiendo un profundo sentimiento de rencor. Estaba castigado, algo que habitualmente le consumía en frustración, pero hoy no era su culpa. Hoy no era una chiquillada. Hoy quería venganza. Salió de su cama se dirigió al jardín, allí permanecía todo su equipamiento de hockey, con la tontería no lo recogió. Volvía al porche para dejarlo con lo demás, cuando escuchó algo inusual: las puertas de la finca se estaban abriendo. No podía ser, todos dormían, a no ser... No, ellos eran los últimos que querían que él saliera, esto debe ser un error. O una señal. En el río helado, más allá, esos niños patinaban y perdían el tiempo con música malsonante en el móvil, cigarrillos y una botella de licor aguado que a alguno de sus padre robarían. —Pff... —Te he dicho que como sigas riéndote te arrancaré los huevos y te lo haré tragar. —Bah, tío, Sergey, tiene su gracia. —¡No la tiene! Y como alguno de vosotros le diga algo a alguien os mato. —¿Qué es eso? Una silueta sobre el hielo, a lo lejos, les observaba. Paran la música, hay algo siniestro en aquella presencia. —¿Hola? No había respuesta. —¿Qué te crees? ¿Jason? ¡Pírate, colega! Empezaron a reír entre ellos, no sabían si porque se sentían realmente muy hombres o porque intentaban quitarse el mal cuerpo de encima. Al volver a mirar, la figura ya no estaba. —Mira, yo paso, de todos modos tengo que ir a casa... El sonido de algo arañando el hielo se acercaba a ellos rápidamente. No pudieron ni reaccionar, el stick de hockey se alzó y golpeó a uno de ellos con fuerza en la cabeza antes de volver a perderse en la penumbra. Cayó al suelo gritando y llorando, sangraba por la oreja y no poco precisamente. Justo cuando otro le iba a asistir el atacante regresó y le dio una fuerte estocada en el estómago con el reverso del stick, alque también le tumba y le hace toser, aunque no quedó un solo golpe como el primero, recibió un nuevo palazo en la nuca, dejándolo inconsciente. Sergey se vio solo, uno de sus amigos lloraba de dolor y el otro no respondía. El pánico le pudo, miró a ambos laso y empezó a correr, quiso ir hacia la orilla, y lo habría hecho si no fuera porque el stick surgió para intentar golpearle. Tuvo más suerte que sus compañeros y lo esquivó, pero empezó a correr en dirección opuesta adentrándose en +
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