Julio Cortázar dice que su trabajo de escritor “se da de una manera, en donde hay un especie de ritmo que no tiene nada que ver con la rima y las aliteraciones…una especie de latido…una especie de ritmo, que si no está en lo que [él hace], es para [él] la prueba de que no sirve y hay que tirarlo y volver.” Con esta frase de Cortázar me vino a la mente el cuento de Gabriel García Márquez, “La mujer que llegaba a las seis” (1950), que relata la historia de un dueño de restaurante, José, y una mujer prostituta quien, a lo largo del cuento y a través de varias insinuaciones, descubrimos que ha cometido un delito e intenta obtener la ayuda de José. Este cuento contiene un “ritmo” como diría Cortázar: utiliza el diálogo como un latido constante. Leer las interacciones entre José y la mujer es como observar una partida de tenis: los dos personajes se atacan, se contentan, se cuestionan una y otra vez en respuestas breves pero a la vez reveladoras. Nosotros como lectores permanecemos en un estado de suspenso y entretenimiento: cada comentario nos revela aún más del pasado de ambos personajes y de su relación. El que la mujer haya asesinado a un hombre nunca se dice explícitamente, sin embargo lo insinuamos a través de sus preguntas hipotéticas demasiadas específicas. El ritmo del cuento se basa en esto: en lo misterioso revelado por una conversación vaga. El final abierto agrega un último punto de misterio y suspenso. Un latido incesante.
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