𝐘𝐞𝐥𝐢𝐬𝐞𝐢
𝐘𝐞𝐥𝐢𝐬𝐞𝐢
7/10/2026, 7:14:51 PM

+30 de Octubre, 2006 A la mañana siguiente, prácticamente al medio día, Kramer se despertó con cierto nivel de resaca y aturdimiento. Maldecía de caminó al baño, donde dedicó un largo rato para estar presentable para la señora del hogar, como si esa vieja y él se llevaran bien, ¿a quién demonios intentaba engañar? Al menos es cierto que se ha quedado más a gusto después de una larga ducha y un buen afeitado, había olvidado lo que era tener la cara suave. Tras vestirse, se dedicó a pasear y fumar por la nevada finca, no tenía ganas de relacionarse con los demás más de lo estrictamente necesario. El resto del grupo seguía igual, todos reunidos en el salón con Electra de camarera. Electra... Al fin se acordó de ella. Era la niña a la que asignaron para proteger a la "criaturita", pobre cría... Su vida entera como subordinada de un monstruo. Al verla subir por las escaleras para llevarle la comida al niño, la siguió y la detuvo frente a la puerta de la habitación. —¿Te importa si se la llevo yo? La adolescente le miró con recelo, a punto estuvo de negarse cuando escuchó las voces de los invitados llamarla. —Está bien, pero no intente no despertarle, por favor. Necesita dormir. —Claro, claro... No te preocupes por nada, encanto, adióooos~ Le quitó la bandeja de las manos y entró antes de que cambiara de opinión, esperando a dejar de oír sus pasos para avanzar. Si puede. ¿Cómo puede ver alguien algo aquí? Mantuvo la bandeja sobre una mano, con la que tenía libre buscó su mechero que al menos le haría un apaño. Localizó la cama frente a él, también el bulto dentro de ésta, así que apagó el mechero y avanzó hasta llegar a él; lo primero fue apoyar la bandeja en la mesita de noche para tener las manos libres, después, con sigilo, acercó sus manos al cuerpecillo del niño. —¡Te tengo! —Sintió los músculos del menor tensarse de miedo bajo sus manos adultas, al igual que su pecho agitado como el de un pajarito.— ¿A que no te gusta que entren en tu cuarto mientras duermes, mierdecilla? ¿¡Eh!? —Le sacudió bruscamente, un jadeo asustado fue la única respuesta.— Puto monstruito.. Le daba igual su voto de lealtad al dios pagano, mataría a ese ser con sus propias manos ahí mismo, le partiría ese cuello de enano antes de que que intentara hacer algo... Y esa era su intención, rodeó el cuello del niño con una mano, era tan fino que podía tocarse la punta de los dedos por la nuca. No sería tan rápido, no, quería verle los ojos. Quería contemplar el miedo en ellos, la vida abandonándolos. Volvió a encender el mechero para iluminar el rostro del niño, lo que vio le detuvo: no era monstruo alguno, era un niño asustado de verdad, tratando de zafarse de su agarre con desesperación y sin fuerza suficiente. Tenía los ojos de ella. Su cara. La misma mirada que ella al morir. Soltó su cuello y se apartó de la cama como si quemara, el mechero se le cayó del susto trayendo de nuevo la más absoluta penumbra. El niño había empezado a llorar, no era uno de esos espantosos llantos de crío, sino que era silencioso, triste, encogió el corazón del estoico adulto. Sobrecogido por esto, Kramer salió corriendo de allí. No habló de esto con nadie y entiende que el niño tampoco ya que Electra no le llamó la atención. No dejaba de darle vueltas, es como si ella siguiera aquí... Como si estuviese viva de algún modo, en él. Kramer no podía entender qué le estaba ocurriendo, todo su cuerpo temblaba y una parte de él ardía en ansias de volver a ver al niño, saber si lo que vio fue real o una ilusión, por eso mismo esperó a que cayera la noche y todos se acostaran. En cuanto escuchó esos piecitos corriendo por el pasillo, salió en su busqueda. El sonido del niño le guiaba hasta el piso de abajo, hasta la despensa. Tiene sentido, apenas come nada el pobre crío. El alemán asomó sus ojos por la puerta y vio al niño en su pijama, subido a una silla y llevándose a las manos cualquier cosa que hubiera en los estantes altos, posiblemente galletas. Se planteó si acercarse y sorprenderle o avisar de su presencia, no quería que saliera corriendo, quería verle de nuevo, ver a Alyonushka. —Oye... El niño pegó tal salto que la silla se balanceó. Antes de que ocurriera alguna tragedia, Kramer corrió sin pensarlo para tomarlo en sus manos dejando así que solo fueran las cajas de galletas las que se precipitaran al vacío. Bajo la poca luz proveniendte de la ventana, vio una vez más esa carita de susto observándole con ojos gigantes, los ojos de ella. Entonces era cierto. Sí que hay algo de ella en él. —¿Estás bien? No hubo respuesta, tampoco resistencia ni intento de escapar. —Deberías tener cuidado —le colocó de pie sobre la silla, ahora estaban a la misma altura. El corazón del niño latía con fuerza, podía sentirlo—. Mira... Yo no sé tratar con niños, así que... Joder... Que siento mucho lo de antes, no pretendía hacerte daño ni asustarte —mintió, herirle era todo lo que quería en ese momento, ya no—, ¿amigos? No hubo respuesta. El pequeño Vasiliev bajo de la silla y se agachó a comer del suelo las galletas fragmentadas por la caída. Kramer suspiró, en cualquier otro momento ver a un niño rico comer como un perro del suelo le haría gracia, pero no con él. No con el pequeño de Alyonushka. Se agachó y recogió todo, incluido al niño; con él bajo el brazo y las cajas en la mano, le sentó en la silla de la cocina y le puso delante los dulces, luego fue a por un vaso de leche. Tuvo que rebuscar un rato para ello, temía que el niño que acabara las galletas antes de que él encontrara la leche. Tuvo que encender la luz, aunque un alarido del niño le asustó. —¡Está bien, está bien! A ver... —encendió una lamparita que había al otro lado de la cocina de espaldas a él—, ¿mejor? Sin respuesta, entendió que sí. Tomó asiento frente al renacuajo y le contempló fascinado mientras devoraba aquello con ansia. —Y luego tu tío me dice que mire mis modales, ¡comes como un jabalí! El niño, que bebía de su leche, casi la escupe al soltar una carcajada. Una cálida sensación arropó el alma del hombre, ¿cómo podía una risa tan tonta hacerle sentir tan... Vivo? —¡Sí, sí! Lo digo en serio, eres como el monstruo de las galletas ese... ¡NOM, NOM, NOM! O cómo coño sea...carcajada, ni él se imaginaba que se le fueran a dar bien los niños. —¿Sabes que nos conocemos? No te acordarás de mí, pero yo te llevé en brazos cuando eras un bebé. Sí, sí, no me mires con cara de sorpresa, hasta tengo fotos. No aquí ahora, claro, pero las tengo. El niño parecía interesado en él, más de lo esperado. Kramer no es que supiese de niños precisamente, pero no conocía a ninguna persona que pusiera esos ojitos pizpiretos a alguien que hacía apenas unas horas le había intentado estrangular. Ese niño era muy macabro, le gustaba. —¿...Cómo te llamas? El escritor alzó su vista con sorpresa, ¿había hablado? —Me llamo Kurt. —Yo soy Yelisei —escondió la carita muy tímido, ¿se había ruborizado? —Lo sé. —Te pareces a Luke. —¿Luke? ¿Qué es eso? ¿Un dibujo animado de esos? —No, es un hombre. Sale en una película —se sonroja. Kramer no lo sabía, pero esa película que el niño había visto recientemente con su abuela había tenido un gran impacto en su mente joven. Un despertar que le tenía revolucionado. —¿Y qué? ¿Es guapo? Otra risita, Yelisei no sabía donde meterse, saltaba a la vista. Era adorable. No... Era mucho más que eso, era precioso, tenía el hermoso rostro de su madre y algo más, un aura de misterio atrayente y sublime, y su piel era tan blanca que no parecía real. Quería tocarlo, acariciarlo. —Vaya, tienes... Un bigote de leche, qué cosa más absurda. El mayor le sujetó del mentón y con el pulgar barrió el rastro que había sobre su labio. No lo hizo pensando en nada en particular, simplemente en hacerle el favor, aunque un pensamiento intrusivo le detuvo. No quería dejar de tocar sus labios. No quería dejar de sentirse vivo de nuevo. —Debería irme a la cama —se levantó de la silla dispuesto a marchar, si quedaba algo de conciencia en ese hombre esa era la muestra de ello, no obstante, nunca fue un hombre bueno, ni sensato, ni ético. Su egoísmo le dominaba y un corazón roto desde hace cuatro años le pareció razón suficiente para cambiar de opinión—, ¿aunque sabes una cosa? Mejor no, ¿por qué no me quedo contigo, Yelisei? ¿Te gustaría pasar el rato conmigo? —¡Sí! –Yelisei asintió entusiasmado, claro que quería. Su rápida participación hizo que Kramer se relamiera. —Ven conmigo. 31 de Octubre, 2006 A la mañana siguiente, los invitados encontraron a los dos en el salón, sentados en el sillón. Kramer estaba despierto, a duras penas y ojeroso, pero despierto, y Yelisei dormía como un angelito en sus brazos. Sus manos se aferraban al adulto con fuerza, hacía muchos años que no aparecía una sonrisa así de feliz en su cara. Kramer indicó con el índice que guardaran silencio, que dejaran al niño dormir. Tenía mucho que contarles, pero mucho más aún que quedaría solo entre Yelisei y él. Otra sonora

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