𝐘𝐞𝐥𝐢𝐬𝐞𝐢
𝐘𝐞𝐥𝐢𝐬𝐞𝐢
7/10/2026, 6:44:29 PM

—¡Zara! ¡Zara, vuelve aquí! Por más que corriera, las cortas patas de la perra eran más veloces, ¿cómo podía dar esaz zancadas cuando la nieve era más alta que ella? Sus ladridos se perdieron entre los árboles. Sasha tendría que haber escuchado a su madre, tendría que haberle puesto su chalequito reflectante a la jack russel, a esas horas en invierno ya es de noche. El joven maldijo su suerte y echó a correr siguiendo el rastro de agujeritos en la nieve, tras adentrarse más de lo esperado en la arboleda sacó el móvil y alumbró el camino con él, llevándose la gran sorpresa de verse frente a una verja antigua. Era la primera vez que iba allí, sin embargo, reconoció el lugar al instante: era la finca de la ricachona esa. Su madre solía hablar de la señora de la casa como si de la tsarina se tratara. Solía, antes de lo ocurrido hace dos años. Zara ladra con fuerza. —¡Zara! —el adolescente corrió en paralelo a la verja, llegando hasta su perra quien parece estar molesta con algo al otro lado. Tomó su correa—. ¡Estúpida perra! ¡No vuelvas a correr así! ¡Coño! Tomó la correa y la acortó hasta que el cuerpecito del animal dio un bote hasta quedar a su lado; Zara podía ser pequeña, pero su voluntad era de acero y fuese lo que fuese que la ponía tan nerviosa, seguía ahí. Su dueño cedió a su curiosidad así que alumbró al interior de la finca. Lo que vio le hizo soltar un grito y resbalar de la impresión, fue apenas un instante pero pudo ver una piel blanca que reflejaba toda la luz y dos ojos esmeralda profundos. Le miraban fijamente. ¿Acababa de ver un fantasma? Un lamento al otro lado de la valla le hizo tener un escalofrío. Sonaba como un fantasma. Entre sus manos temblorosas tomó el móvil de nuevo, necesitó armarse de mucho valor para poder atreverse a mirar dentro otra vez. En esa segunda ocasión vio con claridad que no era un fantasma, sino un chico, uno de su edad, quien se retorcía de dolor y se frotaba los ojos molesto. —¡Joder...! Sabe quién es, su hermano le habló de él. Le dijo que no se acercara nunca a la mansión por eso mismo. Nunca le dijo el por qué pero tampoco quiso preguntarlo, intuía la razón. Aprovechando el despiste, Sasha salió corriendo de allí. Pasaron unos días, casi dos semanas desde aquello. Sasha era listo, mucho más que su hermano, pero en muchos aspectos seguía siendo un niño y tanto la curiosidad como la rebeldía eran parte de su ser. Hacía varías noches que al sacar a pasear a Zara rondaba la finca sin acercarse, las historias de miedo que si hermano le contaba eran efectivas. ¿Cómo no iban a serlo? Hace dos años, en una noche helada como esa, su hermano y sus amigos se acercaron a la mansión. Esa misma noche uno murió y los otros dos fueron hospitalizados, su hermano quedó sordo de un oído. Nunca encontraron al atacante, pero su hermano siempre sospechó que fue el chico de la mansión en venganza por sus bromas previas. Nunca lo denunció, ni siquiera se lo dijo a su madre, le aterrorizaban las consecuencias si tenía razón. Por esa razón su único confidente fue Sasha, que ahora parece dispuesto a comprobar por sí mismo la verdad. Llegó con Zara al mismo punto de la otra noche, al menos donde él cree que era ahí, y nuevamente sacó el móvil. No había nadie. A ver, ¿un niño pijo en una finca tan grande? Estará cenando carne asada como un rey y no congelándose el culo ahí... —Tú otra vez. Sasha gritó, la perra empezó a ladrar. —Y Zara también... Sois muy ruidosos, ¿no? Por más que el visitante buscaba, no daba con el origen de la voz. Una sombra salto de la rama de un árbol hasta la nieve, lo cual sobresaltó al chico del móvil. Enfocó con la linterna el cuerpo que en esos momento caminaba hacia él, era esbelto y delgado, vestía con pantalones negros y una camisa de seda medio abierta, además iba... ¿Descalzo? Quiso llevar la linterna hasta su rostro, pero la petición que el heredero le hizo previamente le detuvo. —No lo hagas —más que una petición era una orden. —¿Qué...? —No me deslumbres, soy fotosensible. —¿Fotoqué? ¿Y esa pollada? Lo que deberías tener es frío sensibilidad, ¡estamos a -5°! —¿Es que tú tienes frío? Llegó a la verja, sus dedos blancos serpentearon rodeando los barrotes de hierro y podía percibir el brillo verde de sus ojos mirándole fijamente, era siniestro, tanto que Sasha estaba paralizado. Necesitó un minuto para recomponerse y que su vista se adaptara mejor a la oscuridad para diferenciar con algo más de claridad las facciones del señorito de la casa. No daba miedo, en realidad es guapo... Muy, muy guapo. Se le aceleró el pulso a Sasha. —¿Quién eres? —¿Quién eres tú? —Yo soy el dueño de la casa que vienes a espiar, niñato. —¡Niñato tu puta madre...! —Sasha se dio cuenta al instante de que tuvo una reacción un tanto exagerada, ¿por qué está tan nervioso?— Sasha, me llamo Sasha, y ésta es... —Zara, lo sé, no dejabas de gritar su nombre la otra noche. —Ahora te toca a tí, ¿cómo te llamas? El adolescente se acercó un poco más a la verja, expectante, emocionado incluso, su corazón iba a mil por hora. Pudo sentir una alegre curva en los labios del otro chico, algo que le llenó de calor. —Yelisei. 2 de Abril de 2012 En cuanto la puerta de la casa se abrió, Yelisei corrió escaleras abajo. Vio el coche entrar desde la venta de su habitación, ¡llevaba meses esperando este día! Los dos últimos escalones ni siquiera los pisa, salta a los brazos del hombre. —¡Kurt! El alemán lo tomó al vuelo con mucho gusto aunque no le haya dado ni tiempo a quitarse el abrigo, no podría importarle menos, ¡echaba de menos a su muchacho! Entre carcajadas de felicidad los dos se abrazan y dan vueltas por toda la recepción del hogar. —¡Estás enorme, chico! Me alegro de verte, ¿dónde está la carcas de tu abuela? —Ha salido, quiere ir a comprar unas cosas para la comida de Pascua. —¿Y Electra? —Con ella. —¿Y tu tío? —Kurt seguía preguntando mientras se acomodaba dejando el abrigo y la bufanda en el perchero de la entrada—. ¿Y los demás? —Tú has llegado el primero. El escritor sonrió, sabía perfectamente que era el primero en llegar, quería asegurarse de tener algo de tiempo a solas con el joven. —Parece que estamos solos, Yelisei —se acercó a él y le tomó del mentón como había hecho tantas otras veces, le encantaba ver cómo el chavalín se derretía ante su tacto—, me tienes que poner al día, ¿qué has estado haciendo? —Mmm... Lo de siempre —, respondió con falso desdén. El rostro de Kurt se ensombreció por un momento. Que el joven se alegra de verle es innegable, ¿pero por qué siente que ahora su poder es menor? Observó su delgado cuerpo desaparecer hacia el salón, parecía que flotaba y le provocaba, ¿era Yelisei consciente de lo que su contoneo aparentemente inocente hacía sobre el hombre? Tenía que serlo, si no ese juego que se traían no tendría ningún sentido. El mayor sonrió para sus adentros, ahora que Yelisei ya no era el niño que conoció hace apenas unos 5 años las cosas empezaban a ponerse más divertidas. La semana de Pascua transcurrió con normalidad, con los años los amigos de Radimir y la abuela de Yelisei habían logrado crear un ambiente de casi familia, especialmente en esas fechas tan importantes. Con la condición de Yelisei no podían celebrar nada con normalidad, la abuela se lo recordaba a menudo, el gran sacrificio que hizo por acogerle. Después de cada cena, al caer la noche y acostarse la mayoría, Kurt esperaba impaciente a que Yelisei apareciera por la puerta de su habitación como solía hacer. La manilla se giraba, asomaba su sonrisa traviesa y saltaba a la cama a sus brazos, allí hablaban y tenían sus pequeños juegos. Era algo de ellos dos, su secreto. Un dulce caramelo que el escritor se tomaba antes de ir a dormir, pero se había encargado de que fuera más dulce aún para el menor, tan dulce que fuera él quien se lo pidiera cada noche. Entonces, ¿dónde está? Las primeras noches sencillamente esperó, pasaban unas horas antes de que apareciera pero lo hacía. La primera noche que no lo hizo, Kurt se cabreó, ¿qué escondía Yelisei? De todas las personas de esa casa, él era su mayor confidente, ¡le había contada hasta sus mayores intomidades! —¿Qué es lo que escondes, ángel mío...? Fumando desde la ventana le vio, corriendo por el jardín. No era una de sus danzas oníricas dignas de una ninfa, no, corría en una dirección clara, apresurado. En la noche del Jueves Santo Kurt decidió poner fin a todo ese juego sin sentido. Se calzó, se abrigó, y con la más absoluta discreción siguió al chico en su recorrido habitual. Sabiendo que la nieve le delataría, dio un pequeño rodeo sin perder de vista la silueta de su grácil niño. Durante el paseo barajó distintas posibilidades, ¿sería un animal herido? A Yelisei le gustaban mucho, ¿y si estaba intentando domesticar una sirin? Eso sería absurdo, aunque no le sorprendería que él tuviera era idea tan romántica. Diablos... Ojalá tuviera tan buena visión como el crío, le había perdido el rastro. —Sasha... Susurros. Risitas. El corazón de Kurt dio un vuelco en ese momento, ¿es posible que el encierro de la vieja Vasilieva no haya sido capaz de evitar esto? —Te echaba de menos... —No quería hacerte esperar, estaba esperando a que se acostaran todos. —Tranquilo, lo sé. Si no fuera por los barrotes, la distancia entre los cuerpos de ambos sería inexistente. Llegado cierto momento, sus rostros se pegaron en un inocente pero intenso beso juvenil, era torpe y desesperado, aunque muy tierno y sincero. Kurt necesitó apoyarse en un árbol para no desfallecer. Su corazón había experimentado muchas cosas: odio, rencor, envidia, desprecio... Pero jamás había experimentado unos celos tan intensos como hasta ese momento. Se tuvo que morder el puño para no gritar e ir arrancarle la cabeza a ese maricón que babeaba a su ángel. +

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