𝐘𝐞𝐥𝐢𝐬𝐞𝐢
𝐘𝐞𝐥𝐢𝐬𝐞𝐢
7/10/2026, 6:53:05 PM

Para la matriarca de la familia Vasiliev aquella noche lo era todo, ¡todo! Al fin, después de esos últimos cinco años de su vida en los que tuvo que sacrificar todo por un niño, ¡al fin podía volver a tener invitados en casa! Zegya se sentía como una jovencita a punto de ir a su primera fiesta, y es que era una mujer muy social. Que no sociable. Sus formas, aunque cuidadas y elegantes, eran reconocidas por toda Rusia como crueles puñaladas. Siempre tenía algo que decir, un defecto que señalar, la última palabra, no obstante se podía ver solo por su entusiasmo mientras terminaba de arreglarse que al final era ella quien más necesitaba a la gente. ¿De qué sirve ser la más poderosa de Rusia sin un séquito al que restregárselo? —¡Yelisha! Yelisha, cariño, ven un momento. Por la puerta apareció su entrañable nieto. Perfectamente vestido en su trajecito, con el pelo engominado a un lado, sus mocasines brillaban con estanques en la noche. Estaba perfecto, su muñequito ideal. —¿Sí, abuelita? —preguntó desde la puerta. —Acércate —así hizo el pequeño, la mujer le tomó de sus blancas manitas—, hoy es un día muy importante para tu abuela, lo sabes, ¿no? —Sí, abuelita. —Entonces sabes que tienes que portarte muy, muy bien esta noche, ¿a que sí? Estos amigos que vienen a cenar esperan ver al niño más perfecto del mundo, ¿podrás dárselo? No querrás abochornar a tu abuelita, ¿a que no? El niño negó con la cabeza apresuradamente. —¡Buen chico! Mi niño guapo... —plantó un beso sobre su mejilla que inmediatamente limpió con su propio dedo y algo de saliva—, venga, ayúdame a ponerme las perlas. —¿Puedo yo llevar perlas? —¡Qué cosas tienes...! Aunque lo preguntaba de verdad, su sonrisa se tornó algo triste. —¿Has ensayado hoy? —Sí, abuelita, Electra me levantó por la tarde para practicar con el tío Radimir. —¡Así me gusta! Ay... Y pensar que estabas mudito hasta hace un año, ¡de haber sabido que tenías una voz tan bonita te habría obligado a hablar a azotes si hubiese hecho falta! Para algo bueno que tienes no logro comprender como lo ocultas. Escupía cada palabra sin ser realmente consciente del veneno que había entre sus sílabas, Zegya era así. Social, no sociable. Cruel En el piso inferior, Radimir trataba de calmar a uno de sus amigos. Electra sostenía la bandeja de copas en silencio, fingiendo de manera excelente que no prestaba atención alguna a los gritos del alemán. —¡...Esto es una mierda, Radimir! —Kurt, cálmate, ¡te va a oír! —¡Que me oiga esa vieja! ¡Quiere convertir a Yelisei en un mono con smoking! ¿¡No te frustra!? ¡Ese niño es toda nuestra vida! ¡Es un dios, es la razón de lo que somos y tenemos! ¿¡No te jode ni un poquito que lo use como entretenimiento para sus amigos de los cojones!? —¡Estás frivolizando la situación! ¿Has pensado en que igual a él le gusta? —¡Pues claro que le gusta! Es sensible, es artístico y se pasa la vida encerrado, ¡claro que quiere tocar y cantar para gente nueva! Se aprovecha de su ignorancia para manipularle. El timbre sonó. Electra suspiró aliviada, le estaban empezando a dar dolor de cabeza. En la entrada una pareja mayor esperaba a ser atendida, al ser recibidos por la joven le dieron sus abrigos, sombreros y el bastón del hombre. Bajando por la escalera como Gloria Swanson, apareció la anfitriona presumiendo de un bello vestido y joyas; pesar de su edad su cuerpo mantenía una figura envidiable, cosa que sabía y de la que presumía con orgullo. "¡Queridoooos!", canturreó al verles, dando inicio a una falsa modestia y otras banalidades de conversación. —Seguidme, seguidme... Éste es el salón, ha cambiado un poco desde la última vez que vinisteis, ¡pero ha pasado tanto tiempo que...! En fin... —Zegya chasqueó la lengua, algo que molestó mucho a Kurt—. Radimir, mi hijo pequeño, ¿le recordáis? Éste es uno de sus amigos, es alemán —la risita nasal que siguió a ese dato crispó al hombre—, y escritor. —¿Escritor? ¿Qué ha escrito? —preguntó el hombre con genuino interés. —¡Ah! Nada comparable a la gran literatura rusa, me temo, —sonreía falsamente antes de darle un BUEN trago a su copa. —Solo es modesto, —interrumpió Radimir, quien trataba de rebajar la tensión del ambiente—, es el autor de "Sangre de peonías" y "El padre de la nación". —¡Qué me dice! ¿"Padre de una nación"? ¡Si es una de las mejores obras de la literatura contemporánea! Lamento no haberlo sabido antes, habría traído un ejemplar para que me firmara. —Yo no lo lamento tanto... —respondió el escritor dentro de su copa. Zegya miró de mala manera al amigo de su hijo, qué hombre más insufrible y vulgar. La conversación siguió con otros diversos temas de adultos. La cena estaba en el horno, responsabilidad de Electra vigilarla, quien iba y venía con aperitivos y copas mientras vigilaba el jamón que se asaba en el horno. Un gruñido la sorprendió en una de estas ocasiones que revisaba la comida. —¡Ah...! —era el niño, su protegido—, ¡Yelisha! Qué susto me has dado... Tu abuela te está esperando, ve al salón. —Pero... —Nada de peros, ¡venga! —Electra, tengo mucha hambre. —La cena todavía tardará un poco, renacuajo, —le dolía verle así, entre su "madrugón" y que hoy se cena más tarde el niño lleva un día sin comer. No entendía como su abuela podía ser tan despiadada. —Me duele mucho... ¿Y si lo hago mal? ¿Y si la abuelita me odia? —Oye, oye... —acarició su cabeza con cariño—, lo harás genial, has ensayado mucho. Zegya no te... —otro rugido del estómago del niño la interrumpió—, mira, toma esto, ¡y ve, corre! Que no se entere tu abuela de que te lo he dado, ¿me oyes? Le dio un blini con caviar rojo y algo de queso, algo que sabía que el niño disfrutaba más que una gominola. Pudo ver sus ojos verdes iluminarse y la humedad aumentar en su boca, aún así, en lugar de devorar el tentempié como habría hecho ella, el niño se lo agradeció con un cariñoso beso en la mejilla. Le vio partir hacia el salón con la boca llena, al final eso es lo que era, un niño. En momentos como ese Electra se sentía impotente. Yelisei tragó el blini antes de asomarse por el salón. Estaba nervioso, su abuela le insistió mucho en que todo hoy debía ser perfecto. Tomó aire, lo contuvo, lo exhaló... Y entró al salón con una confianza renovada. Su mirada era penetrante y serena, sorprendente sabiendo que solo tenía 11 años, y se paseó por el salón como un grácil espectro. —Caballero, señora, me presento: soy Yelisei Vasiliev, es todo un placer para mí conocer a los amigos de mi abuela. —¡Zegya! ¿Es tu nieto? Es adorable, ¡qué ojazos tiene! —La señora rió mientras el niño besaba galantemente su mano. —Es el hijo menor de Andrei, vive conmigo. —¿Ah, sí? ¿A qué se debe eso? Nadie supo responder a esa pregunta, incluso Zegya ira incapaz de encontrar alguna ingeniosa distracción. —Si me lo permiten, he preparado un pequeño recital para ustedes, —para sorpresa de todos, el irascible pequeño ahora era el caballero que había salvado la situación. Se encaminó hacia el piano de cola y preparó todo con paciencia. Solo verle moverse les tenía a todos cautivados, como si un Eros de mármol afinara un piano ante sus ojos. El único que contemplaba la escena con desprecio era Kurt, quien se tomó su copa de un tragó y se fue. —Si ni siquiera me van a dar cacahuetes para el mono me largo de aquí... —farfulló abandonando la sala. Radimir se disculpaba en su nombre, estaba pasando un mal trago a causa del carácter y la total falta de modales de su amigo, pero a quien le dolió de verdad esa partida fue al niño. ¿Un... Mono? ¿Él? Sus manos temblaron por un momento, el odio de Zegya le aterrorizaba, aunque el desprecio de su héroe lo hacía todavía más. No, tiene que alejar esos pensamientos. No es un mono, Kurt le ha dicho muchas veces que es un ángel y esta noche es lo que será. Cierra los ojos y comienza a tocar, dejando que sus finos dedos vuelen sobre las teclas, como si pies de hadas fueran en pleno baile floral. Pronto comenzó a cantar, su voz infantil era aguda, clara, muy melodiosa. Una suave cascada lírica envolvía la estancia. Los presentes disfrutaron de cada nota, cada verso, les conmovía la dulzura nostálgica de aquel canto. Incluso Kurt, que ahora fumaba fuera, podía oír el embriagador canto de su gentil musa; su endurecido corazón se agitaba cuanto más escuchaba Yelisei, toda su piel prendía en ardiente deseo. La canción terminó, los entusiastas aplausos de los invitados fueron respondidos por dos reverencias agradecidas del más joven. —¡Bravo! ¡Bravo! —Zegya, tu nieto es un prodigio, ¡casi me saltan las lágrimas! —Hasta yo estoy sorprendida... ¿Os podéis creer que apenas empezó sus clases de música hace un año? —¡Qué me dices! —Sí, sí. Verás... Qué pronto había dejado de ser esto sobre Yelisei incluso cuando la conversación seguía nombrándole, al final todo eso no era más que un alimento para la soberbia de su abuela. En el fondo lo sabía. Hablando de alimentos... El hambre le tenía mareado, débil. Cuando quiso dar un paso al frente sus piernas flaquearon y tuvo que ser su tío quien le sujetara. Antes de que nadie más pudiera reaccionar, la bombilla de una de las lámparas del salón, la más cercana al matrimonio, estalló asustando a todos. —¡Cielos...! —Exclamó la mujer. Zegya dirigió una mirada llena de odio a su nieto, quien todavía estaba volviendo a ponerse en pie. Yelisei conocía esa mirada y aterrado, corrió a la cocina. Su abuela le siguió después de poner alguna excusa a sus invitados. —¡Electra, Electra...! Pilló a la joven sacando el jamón del horno, aunque no había sido lo suficientemente rápido; su abuela le agarró con fuerza del brazo y tiró de él clavando sus largas uñas, en cuanto lo tuvo al lado abofeteó su rostro de tal modo que le tiró al suelo. —Te dije que esta noche era importante, me prometiste que te comportarías. —¡Yo no he sido! —¿Ah, no? ¿Tú no fuiste? Dime, Yelisei, ¿quién es el único que rompe cosas sin tocarlas? +

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