"...𝐻𝑒 𝑤𝑎𝑠 𝑠𝑚𝑖𝑙𝑖𝑛𝑔... 𝑆𝑚𝑖𝑙𝑖𝑛𝑔!..." Con aquellas palabras comenzaba el breve monólogo final de la película; imágenes previas del protagonista, el portador de dicha sonrisa, aparecían bajo el discurso antes de dar comienzo a los créditos. El proyector cesó. —¿Ves lo que pasa con los desobedientes? El fuego del mechero se encendió en la oscuridad, la anciana se estaba preparando uno de sus cigarrillos. Angustiados orbes verdes la contemplaban en la oscuridad, se oía una respiración agitada. —Puede que se creyera un falso profeta, pero al final murió igual que vivió: solo, castigado. No lo olvides nunca, eso es lo que te pasará a tí si no haces caso a tu abuela. 29 de Octubre, 2006 No entendía porque había aceptado, sentía que le robaban su tiempo. ¿Tiempo para qué? Hacía más de tres años que no entregaba un manuscrito, su editora estaba al borde de otro ataque nervioso, no había hecho nada más que autocompadecerse en estos últimos cuatro años. Bueno, no era del todo cierto, se metió en unos cuantos escándalos: conducción bajo los efectos del alcohol, ser descubierto en camas de maridos engañados, participar en tertulias con polémicas observaciones... Todo el mundo lo pensaba, Kurt Kramer estaba acabado, si alguna vez fue un genio ya no quedaba nada de eso en él. El taxi se adentró en la finca Vasiliev y en cuanto las puertas se cerraron a su espalda, le dio un último gran trago a su petaca. Si iba a aguantar ese esperpento que no fuera sobrio, por favor. —¡Kurt! Ahí estaba su anfitrión, el hijo de la anfitriona mejor dicho, el gafotas ratón de biblioteca de Radimir. Cuesta creer que alguna vez el ruso fuera mentor del escritor, en esos momentos Kramer parecía mucho más maduro. —Significa mucho para mí que hayas venido, ¿cómo fue el viaje? —Largo, tedioso, con aguanieve... Impaciente por repetirlo a la vuelta. —¡No seas quejica! Ya era hora de que salieras de casa, tu editora me dijo que llevas sin salir de casa desde hace dos meses. —No llevo la cuenta. Su equipaje no era más que una maleta una bolsa de mano, ambas bastante ligeras, aún así Radimir le ayudó a llevarlo dentro tras pagar al taxista. Gesto ue su invitado no agradeció. —Todos los demás llegaron ayer, ya pensaban que tú no aparecerías. —Créeme, quien más sorprendido está soy yo. —Ven, te enseñaré tu cuarto. Las habitaciones para invitados están en el ala este. Radimir subió las escaleras y toma la desviación a la derecha. Parloteaba sobre Dios sabe qué, pero Kramer no le prestaba la más mínima atención, su cabeza estaba en otra parte, quizás a causa del alcohol. O de los antidepresivos. O un poco de ambos. Siguió por el pasillo cuando oyó algo detrás de él, en la otra ala de la mansión; el ala oeste estaba completamente a oscuras, sin embargo le pareció ver una sombra justo antes de que ésta se escondiese en una habitación, cerrando la puerta de golpe. —¿Kurt? ¿Kurt, me estás escuchando? —¿Hm? Sí, sí, claro. —Éste es tu cuarto, espero que estés cómodo. Una habitación amplia, llena de antigüedades caras y muebles de madera buena. —Servirá —bromeó poniendo su bolsa sobre el colchón. Sus ojos se posaron en ese momento sobre un escritorio cerca de la ventana—. ¿...una máquina de escribir? —Se me ocurrió que quizás... Bueno... Ya sabes... —¿Mi editora te dijo que tengo deberes o qué? Mira, Radimir, no me jodas. —¡No escribas si no quieres! Pensé que igual con el cambio de aires te animarías y no sé... Kramer cerró los ojos e inspiró con fuerza, no quería discutir eso ahora. Susurró un leve "gracias" para zanjar la conversación, ya se verían más tarde cuando el rubio se hubiera asentado mejor. Varias horas después, tras dormir la mona y habiendo pasado la hora de almorzar, decidió salir de su habitación y hacer lo debido saludando al grupo; a medio camino del primer tramo de las escaleras, volvió a oír algo de la zona oeste, aunque en esa ocasión no llegó a ver nada. Sin darle más vueltas, bajó en busca del salón donde se oía una apasionada conversación de grupo. Radimir, Mayu, Farid y una bonita rubia que iba y venía con bebidas. —¡Al fin aparece! El eslabón perdido. —Mayu, tan graciosita como siempre. —Oye, no te ofendas, ¡pero tienes un aspecto horrible! ¿Te has duchado en el último año por casualidad? Kramer se buscó a sí mismo en el reflejo de alguna superficie. No era un hombre feo, —¡Al fin aparece! El eslabón perdido. —Mayu, tan graciosita como siempre. —Oye, no te ofendas, ¡pero tienes un aspecto horrible! ¿Te has duchado en el último año por casualidad? Kramer se buscó a sí mismo en el reflejo de alguna superficie. No era un hombre feo, pero había visto días mejores, su pelo estaba enredado, su vello facial malamente cortado, tenía ojeras, la ropa arrugada... —Y yo que pensaba que iba a la moda. —No le hagas caso, Kurt —interrumpió Radimir,— pero oye... Mi madre volverá a casa en un par de día, intenta afeitarte un poco antes de que llegue. Por favor. Kramer miró en silencio a un nervioso Radimir, bebió de su recién tomada copa y redirigió su atención al único que no ha dicho nada. —Farid, eres el único amigo de verdad. —Me alegro de verte, Kurt. El joven escritor fue a tomar asiento sobre un sillón vacío mientras se masajeaba el puente de la nariz. —El ratoncito que tenéis por ahí arriba espiando, ¿es la "criatura"? —No hables así de mi sobrino. —Claro, vamos a fingir que no fue cosa tuya que sea lo que es —Kurt pone los ojos en blanco.— Pensaba que estaría dormido, estamos a medio día, ¿no era como un vampiro? ¿O eso le pasaba solo de pequeño? —Pues... Sí, debería estar acostado. Normalmente duerme del tirón hasta el anochecer... ¡Electra! ¿Te importa ir a ver al niño? Igual tiene hambre, ¿por qué no le llevas sobras? —la joven rubia asintió y sin más dilación fue a cumplir la petición. —¿Y cómo es? ¿Escupe puré de guisantes y esas cosas? ¿Tiene cuernos? —Muy gracioso... Es bastante normal, supongo. —¿Supones? —Todo lo normal que alguien como él puede ser. No sé, es siniestro, no habla. No dice ni una sola palabra, solo se dedica a mirarte en completo silencio. —¿Y eso? No recuerdo que fuera mudo de pequeño. —Al parecer no volvió a abrir la boca después de... No siguió, no necesitaba hacerlo. La muerte de Alyonushka fue un golpe duro para todos, especialmente para Kurt. Sus ojos se humedecieron ante el recuerdo así que bebió para secarlos. —De todos modos es muy tímido, se le oye corretear de noche pero nos evita a todos. Creo que le damos miedo. ¿Que ellos le daban miedo a él? ¿Al retoño del mismísimo mal? Le costaba creerlo, esa criatura se engendró para ser quien aterrorizara al mundo, no viceversa. El resto de la tarde pasó sin nada de mayor importancia, meramente se pusieron al día entre ellos. Kramer permaneció callado prácticamente todo el tiempo, bebiendo y bebiendo de su copa como si fuera agua en el desierto. Al caer la noche se retiró sin cenar y en su cuarto se desvistió, tomó su ansiolítico a deshora como siempre con el último trago de su petaca y de metió en la cama. Todo le daba vueltas. No sabe en qué momento llegó a dormirse, pero supo que no podía estar despierto cuando vio a una familiar mujer entrando por la puerta de la habitación. Su cuerpo estaba cubierto por un albornoz tan fino que a la luz de la Luna podía ver con precisión todas las partes de su cuerpo. "𝐾𝑢𝑟𝑡...", susurraba.Fantasmal, sensual, hermosa. Se subió a la cama para descubrir su cuerpo ante él, Kramer dejó que sus manos recorrieran las curvas de esa visión con deseo, no pasó por alto ni un solo milímetro de su piel; el sueño escaló y se unieron como en cuerpo y alma como animales de insaciable lujuría. La echaba tanto de menos... Ya no sabía si sus gemidos eran de placer o del llanto. "𝐾𝑢𝑟𝑡...", repitió ella, jadeante. El joven alemán comenzó a sentir algo húmedo goteando sobre él, fue al alzar la vista hacia ella que fue su desfigurada cara cubierta de sangre. Se despertó gritando, empapado en sudor. Por el rabillo del ojo, percibió una silueta escabullirse fuera de la habitación. Poseído por el rencor, corrió tras ella y le lanzó lo primero que agarró de su mesita de noche, la petaca, aunque para cuando ésta atravesó el pasillo no había ni un alma. —¡Todo es culpa tuya, puto engendro! Aunque lo deseara, sabe que no podría entender el alemán con el que gritó esas palabras. Es demasiado tarde y está demasiado nervioso para pensar en otro idioma que no sea el materno. Una vez tranquilo, volvió a dormir. +
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